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Relacionarse socialmente es una de las características inherentes a los seres humanos. Las personas establecemos conexiones, tanto entre nosotros, como con nuestro entorno, en las que la comunicación es el elemento clave.

Si en la interacción de una persona con otra se genera un valor, cuantas más relaciones seamos capaces de establecer, mayor valor captaremos y, desde una visión global de la Sociedad, cuantas más relaciones una Sociedad sea capaz de generar, mayor valor acumulará.

Este concepto fue modelado matemáticamente por Robert Metcalfe en 1976, bajo la ley de su mismo nombre: en una red de N individuos que pueden relacionarse entre sí, el número de relaciones uno a uno que pueden establecerse es

N·(N-1)/2    … que para valores grandes de N es:   ~N2/2

Así, si asignásemos un valor económico a cada una de estas relaciones individuales, el valor conjunto de todas las relaciones de la red crecería proporcionalmente con N2, o dicho de otra forma, doblar el número de usuarios de una red cuadruplicaría el valor teórico de la misma.

Con independencia de que la Ley de Metcalfe se formulase como tal en la década de los 70s del pasado siglo, su efecto ya era conocido desde mucho antes. Así, p.e. cuando en el siglo XIX y principios del XX se produce la gran expansión de las redes de ferrocarril, las compañías ferroviarias comienzan a unir los grandes núcleos económicos y de población buscando el máximo potencial económico del despliegue de la red. Pero es que, además, se producía un efecto adicional: el ferrocarril generaba en las ciudades por las que pasaba un crecimiento de la riqueza enorme por el mero hecho del potencial socio-económico que aportaba tener estación de tren y, por tanto, disfrutar de una mayor facilidad para relacionarse con otros (negocios, cultura, visitas…). Igualmente, la Ley de Metcalfe también era muy bien conocida por las compañías telefónicas del siglo XX.

Desplegar una red “sobre el terreno” (ya sea ferroviaria, de carreteras, etc.) es caro, y dadas las innegables ventajas que aportaba a una ciudad el tener acceso a estas infraestructuras, producía competencia (no siempre limpia) entre poblaciones y comarcas, dando lugar a polos de concentración demográfica y socio-económica (industria, cultura, educación…) junto con extensas áreas de despoblación e infra-desarrollo. Afortunadamente, la tecnología ha ido aportando soluciones para que la ubicación física de los potenciales usuarios sea cada vez menos limitante. Por un lado, la Información es una de las “materias primas” básicas de las sociedades desarrolladas, y afortunadamente esta se puede mover muy fácilmente a través de las redes de telecomunicaciones. Por otro lado, en los países desarrollados cada vez es más fácil y asequible obtener una conexión de alta velocidad (fija, móvil, satélite…) en cualquier población y disponer de un terminal que nos facilite el acceso (móvil, Tablet, PC…).

Hoy en día, la Ley de Metcalfe también subyace en gran medida en el foco que ponen muchas compañías de Redes Sociales en incrementar su número de usuarios, incentivado, más aún si cabe, por el efecto de “coste marginal cero” (una vez desplegada la red, añadir un usuario más no cuesta casi nada).

Sin embargo, la Ley de Metcalfe tiene una importante limitación: aunque una aplicación de Red Social nos pueda dar la posibilidad de establecer contacto con cualquiera de los participantes (pensemos que Facebook reportaba más de 1.500 millones de usuarios al final de 2015) es evidente que no podemos tener infinitos amigos. Esta limitación ha sido estudiada por diversos autores, quizá, dos de los más conocidos sean George Zipf y Robin Dunbar.

Zipf postula que el valor de nuestros contactos está priorizado y que a partir de un determinado número (en el entorno de 100), el valor de cada nuevo contacto es prácticamente nulo, ya que al principio damos de alta a personas con las que tenemos una relación más cercana, pero luego empezamos a incorporar personas que conocemos vagamente, y estos últimos contactos tienen un valor muy escaso. Por su parte, Dunbar, en una visión desde la Antropología, estableció el llamado Número de Dunbar, que representa el límite cognitivo al número de personas con las que uno puede mantener relaciones sociales estables y que sitúa en el entorno de 150 (entre 100 y 230 dentro de un nivel de confianza del 95%).

Bajo estas consideraciones, y para redes de tamaño muy superior a 100, el número de conexiones de valor crecería de forma lineal (y no cuadrática), si bien con pendientes de crecimiento mucho mayores que 1. Veámoslo con un ejemplo:

En una aplicación de 150.000 usuarios en la que consideremos 150 como tamaño típico de la “red de valor” de un grupo, el número de grupos de valor sería de 150.000/150 = 1.000 y el número de conexiones dentro de cada grupo de valor de 150·(150-1)/2 = 11.150, por lo que el número total de conexiones de valor de la aplicación sería de 1.000 x 11.150 = 11.150.000. Si cada semana, cada grupo activa el total de sus conexiones de valor y en cada conexión el propietario de la aplicación incluye un flash publicitario y cobra al anunciante 0,001€ por impresión, el propietario de la misma estará obteniendo 11.150 €/semana, es decir, cerca de los 50.000 €/mes solamente por flashes publicitarios. Imaginemos aplicaciones de cientos de millones de usuarios… quizá eso explique la cifra de casi 18.000 M$ de ingresos de Facebook en 2015 y que esta cifra haya supuesto un 44% de crecimiento respecto del ejercicio anterior.
 

Pensando en términos de red

Hasta ahora hemos hablado del valor asociado al volumen de interconexiones que se pueden establecer en una red de N nodos, pero podemos avanzar un paso más y plantearnos cuántas alternativas de configuración diferentes puede tener esta red. Planteemos un modelo muy simple:

  1. Si todos los nodos están interconectados entre sí, el número de conexiones es N(N-1)/2
  2. Si cada nodo tiene información propia y, asimismo, tiene capacidad para libremente decidir con qué otros nodos de la red la compartirá, las posibilidades de elección de cada nodo serán 2N-1
  3. El total de distintas posibilidades de configuración del conjunto de la red es de 2N-1 por cada nodo, es decir, N·2N-1

Aplicando estas cifras a una red de N=100 nodos, las conexiones serían 4.950 y las posibilidades de distintas configuraciones de intercambio de información de 6,34·1031 (!).

Pensemos ahora en nuestro cerebro, con un volumen del orden de 1011 neuronas, cada una de las cuales con unas 1.000 conexiones sinápticas. El número total de conexiones sinápticas de un cerebro estaría en el entorno de 1014, que a través de la experiencia, la educación, etc. se refuerzan o inhiben para dotarnos de la configuración que nos permite almacenar recuerdos, tener emociones, generar razonamientos… La plasticidad del cerebro es espectacular, y esa es la razón de la conveniencia de estimularlo continuamente (y muy especialmente durante la infancia) con lectura, música, juegos, deporte, etc. que enriquezcan las interconexiones y aumenten nuestra capacidad de pensamiento y creatividad.
 

La inteligencia colectiva

La ITU reporta 3,2·109 usuarios de Internet en 2015. Todavía estamos muy lejos de alcanzar la complejidad de un solo cerebro humano, pero con la incorporación de la parte de la población mundial aún no conectada (pensemos en los innovadores proyectos para llevar Internet a áreas remotas a través de satélites, globos aerostáticos, etc.) y la esperada explosión del Internet de las Cosas, puede que no esté tan lejano el día en que la complejidad de Internet sea comparable a la de nuestro cerebro, y entonces, ¿cuál será el valor potencial que nos aportará a cada uno de nosotros?.

Z

Telecomunicaciones, IoT, AI, impresión 3D, etc quizá cambien nuestra vida de manera más radical de como el tren cambió la vida de nuestros bisabuelos. Que lo haga a mejor depende de nuestro compromiso ético para que la tecnología y nuestro trabajo estén al servicio del bien.

TIC: Hechos y Cifras 2015

 

“Durante los últimos 15 años la revolución de las TIC ha impulsado el desarrollo global de una manera sin precedentes.

Las TIC desempeñarán un papel aún más importante en la Agenda de Desarrollo post-2015 para alcanzar en el futuro objetivos de Desarrollo Sostenible conforme el mundo se mueve cada vez más rápido hacia la Sociedad Digital.

Nuestra misión es conectar a todos y crear una Sociedad de la Información verdaderamente inclusiva.»

Brahima Sanou, director de la Oficina de Desarrollo de las Telecomunicaciones de la UIT

 

  • En 2015 había 3.200 millones de usuarios de Internet, que representan una penetración del 43% de la población mundial. Sin embargo, las tasas de penetración son muy diferentes dependiendo del nivel de desarrollo de los países, con un ~85% en los países desarrollados, un ~33% en los países en vías de desarrollo y sólo un ~10% en los países menos desarrollados. 
  • En cuanto a conectividad móvil, en 2015 el 95% de la población mundial tenía cobertura 2G, mientras que el 69% tenía cobertura 3G, si bien, la tasa de cobertura 3G de la población urbana y rural era muy diferente: 89% en el primer caso y solo 29% en el segundo. 
  • La Banda Ancha Móvil es el segmento de mercado más dinámico a nivel mundial. La penetración de la BA Móvil fue del 47% en 2015, un crecimiento promedio anual del 36% desde 2007. 
  • Por su parte, la Banda Ancha Fija crece a un ritmo más lento, con un incremento promedio anual del 7% anual desde 2013 y alcanzando una penetración del 11% a finales de 2015
  • En 2014, 111 países situaban los precios de las conexiones básicas de BA (Fija o Móvil) por debajo del 5% del PIB per cápita, repartidos en 44 países desarrollados y 67 países en vías de desarrollo. En 2014 aún quedaban 49 países con precios por encima del 5% del PIB per cápita, todos en vías de desarrollo. 
  • Por áreas geográficas, Europa es la región con mayores porcentajes de penetración en todas las tecnologías, mientras que África es la región menos desarrollada.